Durante las profundas noches o las tórridas tardes (hay que quitar de la cuestión el estereotipo horario), ellos han sido los efímeros custodios del romance, los manoseos y pasiones.  A la sombra de un cartelito LED y con códigos tan íntimos como el mismo sexo, los hoteles alojamiento transmitan entre el estigma y la invisibilización. Sin embargo, 2020 ha demostrado que -al igual que cientos de negocios- el rubro tiene sus propias necesidades y reclamos. 

“El año que cerró fue bastante duro y terminó con la desaparición de algunos hoteles de paso ante las deudas y la imposibilidad de pagar a los empleados. Estuvimos más de 120 días sin abrir y el problema central fue no tener vías de escape alternativas (como potenciarse con ventas en internet o delivery) para afrontar la crisis y la falta de clientes”, comenta Juan Pablo Kassab, dueño de un motel y sexshop. 

Tras la reapertura del sector -el 20 de julio- el comerciante afirma que los protocolos de seguridad sanitaria marcaron varias transformaciones. Ahí es cuando llega la incomodidad de un requisito en especial: tener que presentar una fotocopia del DNI al ingresar al espacio. 

“Al igual que otras tantas cosas referidas a la sexualidad, ir a un telo carga cierto valor social negativo. Hay quienes toman las máximas precauciones (casi con temor) para evitar ser reconocidos. Hace tiempo que luchamos contra esa concepción sociocultural y nos tocó ver gente incómoda al saber que existirán pruebas que 'los delaten' al detectar algún caso positivo de covid-19”, detalla Kassab.

Además de las quejas de algunos amores de puerta trasera y los rituales de clandestinidad (ya no tan furtiva), otro cambio en los love hotel tuvo que ver con el manejo de las habitaciones. “Durante los últimos cinco meses notamos que los turnos se pedían para estadías de más de 4 horas. Y una parte importante de la clientela alquiló las piezas por un día entero. El motivo es que muchas parejas querían salir de sus casas por hartazgo o variar el ambiente de su rutina de nuevo, pero tampoco se animaban a ir a bares o deseaban preservar ese reencuentro en la intimidad”, estima el administrador de un establecimiento en Las Talitas. 

Con este concepto de una sensual escapada tipo Airbnb, vienen también las gestiones de higiene. Cuestión que -en comparación con las cafeterías, los restaurantes y los supermercados- estuvo más aceitada. “Antes de la pandemia las medidas sanitarias eran fundamentales para brindar un servicio de calidad a los huéspedes. De por sí, en los hoteles debemos limpiar las habitaciones con lavandina y desinfectante cada vez que una pareja las desocupa. Además se cambian las sábanas y las toallas y para respetar la privacidad el contacto con el personal es indirecto”, detalla la responsable de un telo ubicado en Tafí Viejo. 

A este proceso solo debió sumarse la exigencia del barbijo, la sanitización de manos y los testeos en empleados. Lo que se espera Pese a la necesidad de “sentirse vivos” y el resto de frases para reforzar nuestro espíritu optimista, Kassab señala que el miedo a los contagios persiste y los hoteles alojamiento trabajan a medio pulmón. “Nuestro verdadero alivio llegó recién el 14 de septiembre cuando el COE habilitó el funcionamiento nocturno de algunos tipos de comercios. La mayoría de las parejas vienen después de las 23 y hasta las 7, así que el horario de atención reducido nos jugaba en contra”, justifica. 

Para referirse al otro infortunio, hay que desnudar una secuencia de causas y efectos. “Los telos son el punto final de un montón de pasos que se trajinan de antemano. Tiene su lógica: sin fiestas masivas, reuniones entre amigos/amantes/conocidos de Tinder o salidas a los boliches, las posibilidades de concretar una aventura o acabar en nuestras instalaciones fue menor”, reflexiona Gonzalo Julio Marín, dueño de un albergue transitorio en Barrio Sur. 

Por suerte, los permisos de circulación y eventos reducidos llegaron a tiempo para que Santa Claus entregue lencería de regalo y pases VIP en el arbolito. “Hay efemérides que representan un flujo de ingresos importante. Por ejemplo: San Valentín, el Día del Padre, el Día de la Madre, la semana del Carnaval, Navidad y Año Nuevo. Pese al coronavirus, en las últimas dos fechas los turnos se llenaron rápido y se notó el regreso de esa sensación pasional o excitación después de tantas malas noticias y sacudidas”, acota. 

Las expectativas de recuperar por completo la clientela están puestas en las vacaciones de enero y -un poco más adelante- la semana del Carnaval. 

Impensado

De cunas de amor prohibido a alivio momentáneo para los matrimonios o noviazgos con fantasías pendientes, al entrar a un albergue transitorio “pasan cosas”. En su mayoría esto significa sudor, endorfinas y alegrías fisiológicas, pero también aparecen algunos hechos insólitos.

“Desde hace 3 meses, un hombre nos pidió alquilar la misma habitación los domingos por la mañana. Viene solo, pide un combo de empanadas con gaseosa y luego de comer y ver la televisión se retira. Según nos explicó, vive por la zona (en una casa con tres chicos) y es la única forma de tener paz personal y cortar con el estrés de la convivencia”, comentan desde uno de los locales del famoso trinomio de la calle General Paz. 

A Marín le viene a la mente otra situación. “La semana pasada una pareja nos preguntó si podía utilizar una habitación sin desinfectar. Supongo que tenían algún fetiche con el coronavirus o les gustaba la idea de compartir blanquería sin saber quiénes estuvieron antes ahí. Por supuesto, rechazamos el pedido. Lo curioso es que en la pornografía circulan ahora videos con barbijos y también contextualizados en la pandemia”, rememora. 

Otra joyita fue descubrir que una pareja había llevado cinco aromatizadores de ambientes (en varillas) para minimizar el olor a desinfectante del dormitorio.